Wagner - El anillo del nibelungo (4/5): Sigfrido

>> viernes, 30 de julio de 2010


Sigfrido


Sigfrido, asimismo con libreto y música del propio Richard Wagner, es la tercera de las cuatro óperas que componen el ciclo El anillo del nibelungo y la segunda jornada del mismo, tras el prólogo que representa El oro del Rin y la primera jornada de La valquiria.
Está basada, como las precedentes, en las leyendas de los nibelungos, y se estrenó en el Teatro del Festival de Bayreuth el 16 de agosto de 1876 como parte de la primera representación completa de la saga de El anillo del nibelungo. En el reparto de aquella velada se encontraban Georg Unger como Sigfrido, Max Schlosser en el papel de Mime, Franz Betz como el peregrino (Wotan), Karl Hill como Alberich y Amalie Materna en el papel Brunilda.
Por aquí, precisamente, fue por donde Wagner comenzó la composición de El anillo del nibelungo, pero luego interrumpió su trabajo durante mucho tiempo, para retomarlo más tarde, desarrollando la idea y completando la Tetralogía.

Sinopsis (tomada de la Wikipedia)

Fanfarria de Bayreuth 2008 para Sigfrido



Acto I
Mime, hermano de Alberich, se encuentra forjando una espada dentro de su cueva, en el bosque. El enano nibelungo planea recuperar el anillo Andvarinaut (el anillo mágico) para sí mismo, habiendo criado a Sigfrido para que pueda acabar con Fafner y cumplir su deseo. Mime necesita crear una espada para Sigfrido, pero el joven ha destruido todas las armas que se le han dado.
Sigfrido regresa de su paseo por el bosque y pide que se le revele el estado de sus padres. Mime se ve obligado a explicar que él tuvo que cuidar de Siglinda mientras daba a luz pero al final ella murió. Mime muestra los restos de la espada Nothung y Sigfrido le pide que la repare.
Sigfrido sale de la cueva y Mime entra en un estado de desesperación, ya que las habilidades del enano no son lo suficientemente buenas como para reparar la legendaria espada. Un anciano peregrino (que realmente es Wotan disfrazado) aparece repentinamente. El peregrino ofrece un concurso de acertijos en el cual cada uno presentará tres y aquel que pierda dicha prueba perderá su vida. Mime acepta el reto, con el propósito de deshacerse del invitado no deseado.
El enano pregunta el nombre de las razas que viven bajo la tierra, sobre ella y en el firmamento. Wotan responde que son los nibelungos, los gigantes y los dioses. Luego el peregrino hace sus tres preguntas: «¿Cuál es la raza más amada por Wotan pero la peor tratada?»; «¿cómo se llama la espada que puede derrotar a Fafner?»; «¿quién puede forjar tal espada?». Mime contesta que la raza es la de los welsungos y la espada es Nothung. Sin embargo, Mime no sabe contestar a la última pregunta, pero Wotan le perdona la vida y le revela que «sólo aquel que no conoce el miedo» podrá reparar la espada, y agrega que, además, dicha persona tomará la vida de Mime.



Escenografía de Josef Hoffmann para Sigfrido en el Festspielhaus de Bayreuth en su inauguración en la temporada de 1876


Sigfrido regresa y se molesta por la falta de progreso de Mime en el arreglo de la espada. Éste recuerda que lo único que nunca enseñó a Sigfrido fue el miedo, entonces el joven se muestra ansioso por conocer dicha emoción, el enano le promete llevarlo ante Fafner, el dragón. Como Mime no puede forjar Nothung nuevamente, Sigfrido decide intentarlo por cuenta propia y tiene éxito. Mientras tanto, Mime prepara un veneno que usará para matar a Sigfrido en cuanto el joven haya derrotado al dragón.

Acto II
El peregrino (Wotan) aparece ante la entrada a la cueva de Fafner, donde Alberich también se ha sentado a la espera del dragón. Ambos se reconocen mutuamente y Alberich declara sus planes de dominar el mundo una vez el anillo le sea devuelto. Wotan afirma que su intención no es recuperar el anillo.
Sorpresivamente Wotan despierta a Fafner y le comunica que un héroe se aproxima para luchar contra el dragón. Fafner no le da mucha importancia y rehúsa a entregar el anillo a Alberich y termina durmiéndose nuevamente. Wotan y Alberich se retiran.
Sigfrido y Mime llegan a la cueva al amanecer. Mime decide mantenerse a distancia mientras Sigfrido se acerca a la entrada de la cueva. Mientras el guerrero espera que el dragón aparezca, ve un ave reposando sobre un árbol. Sigfrido juguetea con el pájaro e intenta reproducir su canto utilizando una flauta, pero le resulta imposible. Luego el héroe toca una balada utilizando su cuerno, con lo que despierta a Fafner. Después de una breve conversación, Sigfrido y Fafner luchan, el joven termina por clavarle la legendaria espada, Nothung, en el corazón a Fafner.
En el último momento de su vida Fafner advierte a Sigfrido de una traición. Cuando Sigfrido se prepara a retirar su espada del cuerpo del dragón, se quema con la sangre y por instinto pone su mano sobre su boca. Al probar la sangre de su contrincante, descubre que puede entender lo que el ave está cantando. Sigfrido sigue las instrucciones del pájaro del bosque y así adquiere el Andvarinaut (anillo mágico) y el Tarnhelm (yelmo mágico) de entre el tesoro de Fafner.


Mime reaparece y Sigfrido se queja de que aún no sabe lo qué es el miedo. Mime no deja de aprovechar la oportunidad y ofrece una bebida envenenada al héroe. Sin embargo, la sangre del dragón permite que Sigfrido lea los pensamientos del nibelungo y, por lo tanto, el guerrero acaba con la vida de Mime.
El pájaro canta de nuevo contando una historia sobre una mujer que yace sobre una roca, rodeada por una llama mágica. Sigfrido decide buscar a la mujer para ver si ella le puede enseñar algo sobre el miedo.

Acto III
El peregrino (Wotan) se encuentra en el camino que va hacia la roca sobre la cual yace Brunilda, invoca a Erda, diosa de la tierra, y ésta aparece un tanto confundida, y no sabe qué decir. Él le informa que ya no teme el fin de los dioses y que es algo que ahora añora. Su legado quedará en Sigfrido, los welsungos y en Brunilda. Dicha raza y los dos héroes trabajarán juntos para mejorar el mundo. Erda se retira.
Sigfrido llega adonde se halla el vagabundo y el dios le interroga. Sigfrido no reconoce a su abuelo (Wotan es el padre de los padres de Sigfrido, Sigmundo y Siglinda) y sus respuestas son un tanto insolentes. El héroe decide continuar su marcha hacia Brunilda y el peregrino bloquea su paso. Sigfrido destruye la lanza de Wotan con un golpe de la legendaria Nothung. Wotan recoge las piezas de su lanza y desaparece.
Sigfrido atraviesa el aro de fuego y se postra frente a Brunilda. Inicialmente cree que la figura corresponde a un hombre, pero una vez le quita la armadura, descubre que es una mujer. Sigfrido no sabe qué hacer y, por fin, este sentimiento de duda le provoca miedo y sin saberlo acaba besando a Brunilda, lo cual la despierta. El amor por Sigfrido acaba de apoderarse de la valquiria, quien renuncia a todo lo relacionado al mundo de los dioses. Juntos, Sigfrido y Brunilda proclaman que compartirán su amor para siempre.


Momentos musicales de Sigfrido

En la segunda jornada la acción se desarrolla bajo la frondosidad misteriosa y oscura del inmenso bosque y abandona las altas montañas y las profundidades, hogares éstos de dioses y de gnomos, para trasladarse a la tierra de los hombres. El majestuoso Wotan ya no se presenta en su esplendor de dios sobrehumano, debido al dolor por la pérdida de sus hijos Sigmundo y Brunilda: ahora recorre el mundo vestido como un caminante más y se presenta como «el peregrino».
Mime, el herrero hermano de Alberich, vive en el bosque con Sigfrido. Incluso Alberich aparece en esta jornada sentado a la puerta de la caverna de Fafner. Los personajes mitológicos se humanizan, el plano de desarrollo se iguala, como presintiendo la nueva condición humana que Brunilda adquirirá al despertar al final del relato.
De la misma manera, los elementos de la naturaleza se incorporan a la acción; así, Sigfrido lucha contra un dragón que no es otro que Fafner; un pájaro del bosque se convierte en aliado de Sigfrido contra las torcidas maquinaciones de Mime. Incluso Erda, la protomadre tierra, invocada por Wotan, asume su confusión y reconoce no tener respuesta ante el destino que aguardan al mundo que antes pertenecía a los dioses.
Encarnados en la audacia del joven Sigfrido, los poderes de la naturaleza se oponen a las decadentes estructuras arcaicas de poder encarnadas en los tres viejos contra los que se encara Sigfrido; el poder de las acciones interesadas (Mime), el poder económico (Fafner) y el poder político (Wotan). Los impulsos de su naturaleza llevan al joven héroe a reunirse con sus semejantes representados en Brunilda, la valquiria que despierta mujer tras el beso de Sigfrido.
La humanización del ambiente la patentiza Wagner en la radicalización del formato escénico. Esta ópera, podrá comprobarlo el lector, dispone de un reducido plantel de personajes. No existe ni un solo coro; más aún, en la totalidad de las escenas solo aparecen dos personajes, salvo el trío en el que dialogan el nibelungo, el dragón y el caminante. Este intimismo permite que las pasiones se ofrezcan desprovistas de todo adorno; que los dioses, los dragones, los gnomos, etc., expongan sus sentimientos humanos, desciendan, en fin, al plano del hombre.
Muchos son los fragmentos musicales destacables en esta ópera. Una corta obertura, pero que concentra en ella motivos importantes, la forja de la espada con el impactante efecto final de partir con ella el propio yunque; el diálogo-concurso entre Mime y el peregrino; las conversaciones, a cara descubierta, sobre el anillo entre Alberich, Wotan y Fafner; las cavilaciones de Sigfrido con los murmullos del bosque; la muerte del dragón; las revelaciones del pájaro del bosque; la muerte de Mime y el parlamento de Erda.
Pero, claramente, destaca por su sin par belleza, el final, el idilio de Sigfrido y Brunilda, base del precioso motivo de la escalera que regaló Wagner a su esposa Cosima por el nacimiento de su hijo Sigfrido. Algún musicólogo ha declarado que, ante el hipotético dilema de salvar una –sólo una– página de la tetralogía, ésta sería la elegida.



La versión ofrecida

Ofrecemos Sigfrido en la grabación de la función ofrecida en el Bayreuther Festspielhaus el 15 de agosto de 1956. Como en las jornadas anteriores, Hans Knapperstbusch dirige la Orquesta del Festival de Bayreuth y al siguiente elenco:


Siegfried - Wolfgang Windgassen
Mime - Paul Kuen
Wotan - Hans Hotter
Alberich - Gustav Neidlinger
Fafner - Arnold van Mill
Erda - Jean Madeira
Brünnhilde - Astrid Varnay
Vogel - Ilse Hollweg



Hans Hotter

Pasado mañana domingo, 1 de agosto, volveremos con todos ustedes con El ocaso de los dioses, y también en la versión de Knappertsbusch, y en la temporada de Bayreuth en 1956, para terminar por este año con nuestro ciclo.
Aquí les esperamos.
¡Salud, paz, sonrisas, cordiales saludos, y a disfrutar!

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Wagner - El anillo del nibelungo (3/5): La valquiria

>> miércoles, 28 de julio de 2010


La valquiria



La valquiria, también con libreto y música del propio Richard Wagner, es la segunda de las cuatro óperas que componen el ciclo El anillo del Nibelungo y la primera jornada del mismo, tras el prólogo que representa El oro del Rin. Fue estrenada en el Hoftheater de Múnich el 26 de junio de 1870, con August Kindermann como Wotan, Heinrich Vogl como Sigmundo, Therese Vogl como Siglinda y Sophie Stehle como Brunilda.
La valquiria, separada de las otras óperas del ciclo, ha gozado siempre de vida propia, y de las cuatro es la más representada.
Wagner se inspiró en la Saga Volsunga islandesa. Aquí, las valquirias son las hijas del dios Wotan y la diosa Erda (la madre tierra), concebidas como doncellas guerreras para defender el Olimpo germánico, el Walhalla, del acecho de los nibelungos, y recoger las almas de los héroes muertos en batalla para llevarlos a su descanso eterno.
La valquiria preferida de Wotan es Brunilda, que representa su verdadera voluntad por sobre los designios de su esposa Fricka (diosa del matrimonio). Será Brunilda quien desobedecerá a su padre y desatará la tragedia resultante en El ocaso de los dioses.
La famosa introducción al tercero y último acto describiendo a las guerreras semidiosas en sus corceles se conoce como Cabalgata de las valquirias.

Sinopsis de la obra (tomada de la Wikipedia)

Fanfarria de Bayreuth 2009 para La valquiria



Acto I
Es importante entender que durante este acto, Wagner juega con los nombres e identidades de los personajes. La programación revela los nombres de algunos de los personajes, pero Wotan, Sigmundo (Siegmund, nombre que significa «protector de la victoria» o «escudo») y Siglinda (Sieglinde, cuyo nombre significa «victoria apacible») no revelan los suyos hasta la parte más tensa de este acto.
Durante una tormenta muy violenta, Sigmundo busca refugio en la casa del guerrero Hunding. Éste no se encuentra en su aposento, por lo cual Siglinda, la muy descontenta esposa de Hunding, recibe a Sigmundo, que cuenta a Siglinda que está huyendo de sus enemigos. Luego proceden a beber hidromiel y Siegmund se prepara para irse, ya que revela que parece que la mala fortuna lo persigue. Siglinda le ruega que se quede y le comenta que no puede llevar mala fortuna a la casa en donde la mala suerte ya habita.
Cuando Hunding regresa a su hogar se lo piensa dos veces antes de ofrecerle posada a Sigmundo, aunque por tradición se ve obligado a dársela. Siglinda se siente cada vez más fascinada por el huésped y le pide que le cuente la historia de su vida. Sigmundo empieza a narrar que en un viaje a casa junto a su padre encontró a su madre muerta y que su hermana había sido secuestrada. Luego viajó con su padre hasta que ambos tomaron distintos caminos.



Escenografía de Josef Hoffmann para La valquiria en el Festspielhaus de Bayreuth en su inauguración en la temporada de 1876


Un día Sigmundo se encontró con una niña que estaba siendo obligada a casarse y para defenderla luchó contra sus parientes. Las armas de Sigmundo fueron dañadas y la niña murió, por lo cual tuvo que huir y buscar refugio en la casa de Hunding. Al principio Sigmundo no revela su nombre y se hace llamar Woeful (que podríamos traducir por «lleno de aflicciones»).
Una vez Sigmundo termina su relato, Hunding revela que él es una de las personas que estaba persiguiendo al guerrero. Hunding permite que Sigmundo se quede una noche más, pero al amanecer deberán luchar uno contra otro. Hunding se retira, ignorando las preocupaciones de Siglinda. Sigmundo lamenta su mala fortuna y recuerda el augurio que su padre le había hecho: encontraría una espada cuando más la necesitara.
Siglinda regresa y revela que puso un tipo de droga en la bebida de Hunding para que se durmiera profundamente y luego revela que ella se había visto obligada a casarse con Hunding. Durante el banquete de bodas, un hombre de edad avanzada había aparecido y había clavado una espada en el tronco de un fresno; ni Hunding ni sus compañeros habían podido sacar la espada del árbol.
Siglinda revela su atracción por aquel héroe que pudiera sacar la espada y liberarla. Sigmundo expresa su amor por Siglinda y ella lo corresponde, y mientras ambos empiezan a revelar sus sentimientos, Siglinda descubre por qué la voz y el físico de Sigmundo le resultan tan parecidos. Sigmundo revela que el nombre de su padre era Wälse, Siglinda le dice que su nombre es Sigmundo, no Woeful, y que el anciano había dejado una espada para él.
Sigmundo saca del fresno fácilmente la espada y Siglinda revela su propio nombre, además del hecho de que ella es la hermana de Sigmundo. Éste nombra a la espada «Notung» (que podríamos traducir por «la necesaria») y luego él y Siglinda huyen de la casa de Hunding.

Acto II
Wotan se encuentra en una montaña con Brunilda, su hija, que a su vez forma parte de las valquirias, y le ordena que proteja a Sigmundo cuando se enfrente a Hunding. Fricka, esposa de Wotan y diosa del matrimonio, aparece y demanda que Sigmundo y Siglinda sean castigados por cometer adulterio e incesto. Fricka sabe que Wotan, disfrazado como un mortal llamado Wälse, es el padre de Sigmundo y Siglinda.
Wotan argumenta que necesita a un héroe que no tenga relación alguna con él para llevar a cabo sus planes, pero Fricka lo contradice al afirmar que Sigmundo no es más que un peón para Wotan. Éste se ve acorralado y promete que Sigmundo morirá.
Fricka se retira y Brunilda se queda con su padre, ahora notablemente desesperado. Wotan narra sus problemas: Erda le había dado una advertencia a Wotan al final de El oro del Rin y éste había seducido a la diosa de la tierra (Erda) para poder averiguar más sobre dicha profecía. Brunilda nació de esta unión.
Wotan crió a Brunilda y otras ocho hijas como las valquirias, guerreras encargadas de recolectar las almas de los héroes caídos para poder formar un ejército para luchar contra Alberich. El ejército del Valhalla fallaría si Alberich llegase a apoderarse nuevamente del Andvarinaut («el anillo mágico»), el cual se encuentra en las manos de Fafner.
El gigante se convierte en un dragón utilizando el Tarnhelm («yelmo mágico») y se queda en un bosque con el tesoro de los nibelungos. Wotan no puede quitarle el anillo a Fafner, ya que Wotan lo otorgó bajo una promesa y por lo tanto necesita a un héroe que derrote a Fafner en su nombre. Sin embargo, justo como dijo Fricka, Wotan solo podría crear esclavos para sí mismo. De mala gana, Wotan ordena a Brunilda que asesine a su amado hijo Sigmundo.
Sigmundo y Siglinda se encuentran en un camino que pasa entre una montaña cuando Siglinda se desmaya por cansancio y remordimiento. Brunilda se aparece y revela el destino de Sigmundo. Sigmundo rehúsa a seguir a la valquiria al Valhalla cuando descubre que Siglinda no podrá ir con él. Brunilda queda impresionada por el valor de Sigmundo y decide proteger al guerrero en vez de matarlo.
Hunding aparece y ataca a Sigmundo. La bendición de Brunilda da un poder extraordinario a Sigmundo que le permite dominar a Hunding, pero Wotan se presenta y destruye la espada Nothung con su lanza. Sigmundo se encuentra desarmado y Hunding acaba con la vida del guerrero. Brunilda huye, pero no sin antes llevarse a Siglinda y a los restos de Nothung. Wotan ve con gran tristeza el cuerpo de su hijo y luego mata a Hunding, para finalmente perseguir a Brunilda.

Acto III
Las otras valquirias se reúnen al pie de la montaña, cada una con un héroe en su bolso. Las valquirias se sorprenden cuando Brunilda aparece con una mujer que todavía está viva. Brunilda pide ayuda, pero sus hermanas no osan desafiar las órdenes de Wotan. Brunilda decide distraer a Wotan mientras Siglinda huye. También revela que Siglinda quedó embarazada de Sigmundo y nombra a su hijo Sigfrido (Siegfried, que significa «alegría en la victoria» o «paz en la victoria»).
Wotan aparece furioso y castiga a Brunilda: su hija deja de ser una valquiria y se ve despojada de su inmortalidad; además, la condena a que duerma cerca de la montaña y sea presa fácil para cualquier hombre que pase por ahí. Las demás valquirias temen por sus propios destinos y huyen. Brunilda pide misericordia y le recuerda el valor de Sigmundo y su decisión de protegerlo, y que eso era lo que Wotan realmente deseaba.
Wotan le concede una llama mágica que la protegerá de todos menos del guerrero más valiente (que, según se le revela al público, ambos saben será Sigfrido). Wotan pone a Brunilda sobre una roca y la somete a un estado profundo de sueño. Wotan llama a Loge, dios del fuego, para que cree la llama que protegerá a Brunilda. Despojado de dos de sus hijos, Wotan se retira con una gran tristeza.


Momentos musicales de La valquiria

En La valquiria entran en acción los hombres, los héroes, aquellos capaces de anteponer el ideal a la propia vida, y con ellos entra una nueva emotividad, que se torna avasalladora en manos de Wagner. El romanticismo de la obra llega a niveles inalcanzables; el amor inflamado hasta el paroxismo, rebelde y transgresor de Sigmundo y Siglinda, las luchas y muertes trágicas en el entorno de una insurrección, la de Brunilda, la valquiria que se enfrenta a las convenciones del poder establecido, exigidas por Fricka, y se atreve a no cumplir las órdenes de Wotan actuando en defensa del amor verdadero.
Comprensivo el dios, obligado a castigar la rebeldía de su hija predilecta en función del poder que detenta, deja traslucir un sentimiento que le une a los humanos: la compasión.
En los llamados «adioses de Wotan» se reflejan la determinación de infligir un terrible y ejemplar castigo a la rebelde junto al inmenso dolor del padre por la pérdida de su amada hija, a la que condena a dormir para siempre en la roca, rodeada de fuego eterno, hasta que un hombre sin miedo, el héroe puro, la rescate.
Momentos significativos son la magnífica obertura, ejemplo de música descriptiva donde la haya; trate el oyente de escuchar este fragmento inicial, con los ojos cerrados mientras imagina a Sigmundo, envuelto en la oscuridad de la noche, mientras corre, derrotado, desesperado, por el bosque tratando de que no le den alcance los enemigos: llueve, en su carrera sortea árboles, rocas, ramas, y de pronto se desencadena una terrible tormenta; al fin llega a un calvero y allí, bajo un gran fresno, divisa las luces de una casa…
Desde este momento y hasta el final una sucesión de deliciosas melodías nos relatarán los amores de Sigmundo y Siglinda; la extracción de Nothung (la espada que antaño clavó Wotan en el fresno del mundo y destinada a alguien de su estirpe); la controversia entre la felicidad doméstica defendida por Fricka contra la fuerza de la pasión heroica; la batalla final de Sigmundo; la defensa de Brunilda y la intervención de Wotan para hacer cumplir sus órdenes.
La enfática cabalgata de las valquirias, que recorren el campo de batalla recogiendo los cadáveres de los héroes muertos para llevarlos al Valhala, da paso al castigo a Brunilda y la despedida de Wotan:

¡Adiós, osada, magnífica niña!
¡Tú, de mi corazón el más sagrado orgullo!
¡Adiós! ¡Adiós! ¡Adiós!

La versión ofrecida

Continuando con el ciclo del mismo año, es decir, la grabación tomada el 14 de agosto de 1956 en el Bayreuther Festspielhaus con Hans Knapperstbusch dirigiendo la Orquesta del Festival de Bayreuth, La valquiria cuenta con el siguiente reparto:

Siegmund - Wolfgang Windgassen
Hunding - Josef Greindl
Wotan - Hans Hotter
Sieglinde - Gré Brouwenstijn
Brünnhilde - Astrid Varnay
Fricka - Georgine von Milinkovic
Helmwige - Hilde Scheppan
Gerhilde - Paula Lenchner
Ortlinde - Gerda Lammers
Waltraute - Elisabeth Schärtel
Siegrune - L. Ch. Kamps
Grimgerde - Georgine von Milinkovic
Schwertleite - Maria von Ilosvay
Rossweisse - Jean Madeira


Astrid Varnay

Pasado mañana, viernes 30 de julio, volveremos con todos ustedes con Sigfrido, y también en la versión de Knappertsbusch, y en la temporada de Bayreuth en 1956, para continuar con nuestro ciclo.
Aquí les esperamos.
¡Salud, paz, sonrisas, cordiales saludos y a disfrutar!

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Wagner - El anillo del nibelungo (2/5): El oro del Rin

>> martes, 27 de julio de 2010



El oro del Rin


El oro del Rin, con libreto y música del propio Richard Wagner, es la primera de las cuatro óperas que componen el ciclo El anillo del nibelungo. Las ideas se habían desarrollado a lo largo de una dilatada etapa, desde 1842, y se estrenó en el Hoftheater de Múnich el 22 de septiembre de 1869, con August Kindermann en el papel de Wotan, Heinrich Vogl como Loge, y Wilhelm Fischer como Alberich.
Wagner compuso El oro del Rin como el prólogo y no como una jornada más, como las tres posteriores. Y esto es fundamental para entender todo el desarrollo de todo el ciclo. Dentro del desarrollo clásico de la acción dramática correspondería, lógicamente, al primer momento, el de planteamiento, aunque aquí ya se encuentran resumidas todas las partes, incluida de alguna manera la del desenlace final.
El oro del Rin es una parábola sobre la ambición. ¡La condición, no sólo humana sino también divina, es terrible!


Sinopsis (tomada de la Wikipedia)

Fanfarria de Bayreuth 2007 para El oro del Rin



Cuadro I:
El oro del Rin empieza con un preludio de 136 compases sin modulación basado en el acorde de mi bemol, que representa los movimientos constantes y eternos del Rin. Esta melodía es seguramente una de las más conocidas de la partitura. El poder de la música se eleva mientras el telón asciende.
Las tres hijas del Rin (Woglinde, Wellgunde y Flosilda) juegan en el agua. Alberich, un enano nibelungo, aparece de las profundidades de la tierra e intenta seducir a las doncellas.
Ellas se burlan del aspecto poco atractivo de Alberich y de su torpeza, lo cual causa la ira del enano. Después de intentar atrapar a alguna de ellas sin éxito, nota un cegador brillo dorado que emana del fondo del río. Pregunta a las doncellas qué es lo que lo causa, y ellas responden que es el oro del Rin, el cual deben cuidar por órdenes de su padre. Confiadas, le explican que solamente aquél que renuncie al amor podrá crear un anillo a partir del oro que permitiría al portador dominar el mundo.
Las ninfas creen que el lujurioso enano no es una amenaza, pero Alberich, ante su fracaso en las lides del amor, renuncia para siempre a él, se apodera del oro y escapa.


Woglinde, Wellgunde y Flosilda, las doncellas del Rin, y Alberich, un nibelungo, en la escenografía de Josef Hoffmann para El oro del Rin en el Festspielhaus de Bayreuth en su inauguración en la temporada de 1876.

Cuadro II:
Wotan, rey de los dioses, duerme en la cima de una montaña junto a Fricka, su esposa. Fricka se despierta y alcanza a ver un magnífico castillo a sus espaldas, por lo que despierta a Wotan, quien le hace saber que su nuevo hogar ha sido construido. Los gigantes completaron la obra y, a cambio, Wotan les ofreció a Freia, la diosa del amor. Fricka se encuentra consternada por su hermana, pero Wotan confía en que no tendrá que cumplir su palabra.
Freia aparece y se muestra horrorizada mientras la siguen los gigantes Fasolt y Fafner. Fasolt demanda que se le pague por el trabajo que realizó y declara que el poder de Wotan se deriva de los tratados que ha inscrito sobre su lanza, y entre éstos se encuentra el pacto que hizo con los gigantes.
Donner, dios del trueno, y Froh, dios de la primavera y la felicidad, aparecen para poder defender a su hermana pero Wotan los detiene, ya que no puede detener a los gigantes a través de la fuerza, puesto que esto le impediría cumplir su palabra.
Loge, semidios del fuego, aparece justo a tiempo, y Wotan confía en que su astucia le ayudará a encontrar una manera de no cumplir el acuerdo con los gigantes. Sin embargo, Loge reconoce que no hay nada en el mundo que quiera apartarse del amor y de la mujer. Salvo un único ser: el enano Alberich, que renunciando al amor ha robado el oro del Rin y con él ha forjado un poderoso anillo.
Wotan, Fricka y los gigantes inmediatamente comienzan a idear una manera de apoderarse del anillo; Loge sugiere una manera de robarle el artefacto al enano. Fafner demanda que el anillo sea la forma de pago por el castillo de Wotan, en lugar de Freia. Los gigantes se marchan pero se llevan a Freia como rehén.
Las manzanas doradas de Freia habían permitido que los dioses se mantuviesen jóvenes permanentemente, pero con su ausencia comienzan a envejecer y a deteriorarse. La única forma de revertir esto es conseguir el anillo para poder rescatar a Freia, razón por la cual Wotan y Loge descienden al mundo terrestre en busca del anillo.
En este espacio hay un intermedio orquestal que narra el descenso de Loge y Wotan hacia el Nibelheim. Uno de los detalles más importantes de este intermedio es cuando la orquesta empieza a disminuir el volumen de la música para que se puedan escuchar 18 yunques (recreados por la orquesta con distintos altos), lo cual representa la labor de los enanos que se encuentran esclavizados.

Cuadro III:
En el Nibelheim, Alberich ha esclavizado al resto de los enanos nibelungos. El enano ha obligado a que su hermano Mime le forje un casco mágico, el Tarnhelm. El Tarnhelm permite que Alberich se torne invisible y así pueda atormentar aún más a sus súbditos.
Wotan y Loge llegan a su destino final y se encuentran a Mime, quien les cuenta sobre el anillo y la miseria que viven los nibelungos bajo el dominio de Alberich. Mientras tanto, Alberich obliga a que sus esclavos almacenen vastas cantidades de oro.
Cuando descubre a los dos visitantes, les llena de imprecaciones y amenazas: lo mismo que él ha rechazado el amor, obligará a todo lo que vive a renunciar a él; los dioses deberán guardarse de los ejércitos que saldrán de las oscuras profundidades del reino Nibelungo.
Wotan trata de alcanzarle con su lanza, pero Loge lo detiene, invitándolo a usar, contra el enano, la astucia y no la fuerza. Así, Loge alaba su poder y el del yelmo, y le invita a demostrar de lo que es capaz pidiéndole que se convierta primero en dragón y luego en sapo, al que fácilmente Wotan puede poner el pie encima y sujetar. Así consiguen maniatarlo y arrastrarlo hasta la sima por la que bajaron.

Cuadro IV:
En la cima de la montaña, Wotan y Loge obligan a que Alberich les entregue su fortuna a cambio de su libertad. Los dioses le desatan la mano derecha, con la cual utiliza el anillo para convocar a sus esclavos para que presenten el oro a los dioses.
Una vez entregado el oro, Alberich pide que se le devuelva el Tarnhelm, pero Loge dice que es parte de la fortuna que requerirá su liberación. Finalmente, Wotan le pide el anillo y, aunque Alberich se niega a entregarlo, Wotan se lo arrebata y se lo mete en el dedo. Este acto conlleva a que Alberich ponga una maldición sobre el anillo: hasta que no le sea regresado, aquel que no lo tenga lo deseará y aquel que lo posea sólo recibirá penas y muerte.
Fricka, Donner y Froh aparecen y son recibidos por Wotan y Loge, quienes muestran el oro que se utilizará para rescatar a Freia. Fasolt y Fafner regresan con Freia. Desde un inicio, los dos insisten que debe de haber suficiente oro como para que Freia sea devuelta. Una vez se amontona todo el oro, Wotan debe entregar el Tarnhelm para poder cumplir la demanda de Fasolt y Fafner.
Finalmente Fasolt muestra que hay un pequeño hueco entre todo el oro y que solamente se podrá cubrir con el anillo. Wotan se niega a entregar el anillo, por lo que los gigantes anuncian que se llevarán a Freia nuevamente.
En ese momento, el alma antigua de la tierra, la que todo lo sabe, emerge de las profundidades. Es Erda, diosa de la sabiduría y la tierra, la madre de las tres nornas que tejen el hilo de todos los destinos. La diosa prevé un ignominioso fin para los dioses y conmina a Wotan a que devuelva el anillo.
El dios quiere saber más, pero Erda ya se ha hundido en las profundidades. Wotan, tras una breve meditación, arroja el anillo sobre el tesoro. Los gigantes liberan a Freia y mientras se dividen el tesoro, se inicia una disputa sobre cuál de los dos recibirá el anillo. Fafner asesina a Fasolt a golpes y se retira con toda la fortuna. Un Wotan horrorizado se da cuenta del terrible poder que tiene la maldición de Alberich.
Finalmente, los dioses se preparan para entrar en su nuevo hogar. Para limpiar el cielo, Donner crea una tormenta y una vez terminada, Froh invoca un arco iris que los dioses utilizan como puente para ingresar a su castillo. Wotan los lleva al castillo, al cual llama Valhalla. Fricka pregunta a Wotan sobre el nombre y la respuesta es que su significado será revelado en un futuro.
Loge, quien medita sobre la hipocresía de los demás dioses, fantasea con acabarlos algún día con su fuego, y no los sigue al Valhalla. En el río Rin las doncellas lamentan la pérdida de su oro. El telón cae.

Momentos musicales de El oro del Rin

«El error capital en la composición de óperas consiste en que un medio de la expresión (la música) se ha convertido en el fin, mientras que el fin de la expresión (el drama) se ha convertido en el medio»
Richard Wagner, en Ópera y drama




En una pieza única de más de dos horas y media de duración, Wagner consigue no sólo escribir una música que da perfecto soporte a un drama dividido en cuatro escenas, sino que también dicha música está provista de una enorme belleza.
Desde el fantástico comienzo, digno de serlo de toda la tetralogía, donde el tema de la Naturaleza primigenia se va convirtiendo nota a nota en el motivo del Rin, hasta el cortejo de dioses avanzando solemnemente hacia el Valhala, la sucesión de motivos conductores (leitmotiv) logra un perfecto equilibrio entre música y drama.
Y es que en el prólogo (recuerden que esta ópera está concebida como tal) aparecen más de 40 leitmotiv de los más de 100 que se reparten por la tetralogía, pero lo más importante de señalar es que en El oro del Rin se escuchan todos los motivos principales, los que Cooke definió como «generadores de familias de motivos»: la Naturaleza, el oro, el anillo, la lanza (o los pactos), la felicidad doméstica, el amor, etc.
Ya hemos citado el hipnótico comienzo y el majestuoso final, pero en medio quedan destacables momentos musicales, como el canto de las hijas del Rin, las cavilaciones de Alberich, el motivo de las manzanas de Freia, el inigualabe pasaje del descenso al Nibelheim, las advertencias de Erda, etc.

La versión ofrecida

La alabada grabación tomada el 13 de agosto de 1956 en el Bayreuther Festspielhaus y cuya dirección música corre a cargo de Hans Knapperstbusch al frente de la Orquesta del Festival de Bayreuth cuenta con el siguiente reparto:

Wotan - Hans Hotter
Donner - Alfons Herwig
Froh - Josef Traxel
Loge - Ludwig Suthaus
Fasolt - Josef Greindl
Fafner - Arnold van Mill
Alberich - Gustav Neidlinger
Mime - Paul Kuen
Fricka - Georgine von Milinkovic
Freia - Gré Brouwenstijn
Erda - Jean Madeira
Woglinde - Lore Wissmann
Wellgunde - Paula Lenchner
Flosshilde - Maria von Ilosvay



Scans de la tetralogía AQUÍ.

Mañana, miércoles 28 de julio, volveremos con todos ustedes con La valquiria, y también en la versión de Knappertsbusch, y en la temporada de Bayreuth en 1956, para continuar con nuestro ciclo.
Aquí les esperamos.
¡Salud, paz, sonrisas, cordiales saludos y a disfrutar!




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Revueltas - Edición Centenario - Mata, Stokowski, Atherton, Herrera

>> sábado, 24 de julio de 2010


El universo según Revueltas

La producción sinfónica de Silvestre Revueltas (1899-1940) no se caracteriza por su extensión. Tal vez su legado no sobrepase una treintena de obras. Sin embargo, si de algo podemos estar seguros, es de que el músico originario de Durango (México), se esforzó por aprovechar todos los recursos que la técnica músical de la primera mitad del siglo XX le ofrecía para adecuarlos al espíritu de los motivos, a veces prehispánicos y a veces típicos pueblerinos, e incluirlos en sus obras. Su destino fue trágico, al igual que el de Mussorgsky y Mahler. Murió en la plenitud de su fase creadora, víctima de una neumonía heredada por su afición al alcohol.
Como Mussorgsky en Rusia, Revueltas elevó la música popular mexicana al rango de música de concierto. Como Mahler, sentía especial facinación por la muerte... Con la diferenecia de que lo que para Gustav era tragedia, para Silvestre era sarcasmo y motivo de festejo. En fín, tal vez cuestión de culturas y de maneras de simbolizar lo inevitable.

Música convulsa
Identificado plenamente con su pueblo, sintió con igual pasión la vida y la tragedia de otras naciones: Sensemayá, su obra capital y basada en un poema de Nicolás Guillén, retrata el movimiento de la emblemática serpiente americana cuando es herida de muerte; pero a su vez resulta ser un homenaje a esa Cuba olvidada y marginal de cantos negros a medio camino entre lo sacro y lo pagano. Es música convulsa y obsesiva, dominada por un ritmo salvaje y demoledor que se divide en tres secciones entrelazadas, cada una más breve que la anterior y, cada una, como un crescendo que va haciéndose más y más intenso. Tal efecto acumulativo hace que toda la pieza parezca un interminable ostinato creado por las sucesivas entradas de los instrumentos que intervienen. La frase «¡Mayombe-bombe-mayombé!», onomatopéyica del lenguaje de los negros y que aparece en la primera línea del poema, constituye la célula rítmica fundamental de la que se derivan todos los elementos de la partitura.
La lucha del pueblo español y el asesinato del gran Federico García Lorca motivó el «Homenaje», y fue el tributo de un mexicano a una de más eminentes figuras de la intelectualidad hispana y a la España de Casals, de Antonio Machado, de Unamuno y de Picasso. Concebida a través de una sensibilidad libertaria, la obra está colmada de elementos populares meramente mexicanos: la procesión tras el duelo y las festivas danzas donde las calaveras de José Guadalupe Posadas conviven sarcástica e irreverentemente con la muerte.
Es la visión de los funerales del poeta entendidos desde la mirada mestiza de un Revueltas que entendía que Lorca era tan grande que tenía cabida en el más pequeño rincón de un pueblo que le admiró. Pero más allá de los motivos que originaron su música, lo cierto es que Revueltas procuró expresar el caracter enérgico, alegre e irreverente del pueblo mexicano y hacerlo música.
Excepto en Janitzio, no acudió a temas populares o folclóricos prefabricados y, sin embargo, en su síntesis musical todo compás tiene una raíz asimilable a la cultura mesoamericana. Janitzio, nombre de una laguna ubicada en Michoacán, es un poema sinfónico concebido en forma tripartita. Consta de una primera parte rápida y colorida, seguida de otra lenta y contemplativa, después de la cual se repiten los temas melódicos de la primera en una seccion final que lleva a la obra a una vigorosa culminación. Curiosamente se le considera una obra impresionista. Pero nada más falso: en esta composición no existe ningún afán descriptivo ni narrativo. El compositor le dio ese nombre debido a que algunas de las melodías básicas que se escuchan en ella fueron escuchadas y anotadas precisamente en ese lugar tan sugestivo.
El cromatismo es evidente, pero Revueltas accede a él desde los más dispares elementos típicos mexicanos conformando un espectacular mosaico sonoro que en todo caso lo emparentarían más con el complejo muralismo simbólico de Rivera y Siqueiros que con el trazo sólo imaginario de los franceses. Redes y La noche de los mayas fueron escritas originalmente como bandas sonoras para las respectivas películas de igual nombre.

A ras de tierra
Redes es sin duda música volcánica, descarnada y a ras de tierra en donde ritmos populares, indígenas y de vanguardia conviven de manera natural teniendo como base la formación instrumental europea. Es una música que al mismo tiempo resume color, escultura y movimiento dándole un mensaje plástico fundamentado en las más auténticas raíces mexicanas sin caer en falsos nacionalismos. Pudieran encontrarse pasajes a lo Stravinsky, Ravel, Debussy, Mussorgsky o a lo Varése. No obstante, en su retorno a lo originario, Revueltas no acude a los criterios primitivistas, impresionistas o nacionalistas de los antes mencionados. Es un particular proceso de síntesis en donde el autor encuentra lo prototípico a partir de una peculiar interpretación de su cultura y de un constante retorno a la naturaleza. Es una pieza de gran lirismo y emotividad que captura, sin describir, el alborozo y melancolia de un pueblo de pescadores de Veracruz cuya vida se encuentra inmersa en la explotación y la misera, y en la cual solo el caracter festivo y peculiar de sus habitantes lo sacan de su rutina.
La noche de los mayas también atestigua ese retorno a lo primordial aunque siguiendo ahora un camino imaginariamente precolombino. Restructurada por Ives Limantour en forma de suite, la obra refleja un profundo amor por la selva maya (Yucatán, Guatemala, Honduras y El Salvador) y sus ritmos. Las jaranas, sonajas y tambores indios nos hablan de mitos y cultos prehispánicos, de las fuerzas del cosmos y de lo implacable de la naturaleza. Tras un primer movimiento majestuoso y evocador de la América de las Pirámides, un alegre y festivo Scherzo danzable hace su aparición.
Es música de fiesta maya a la que sigue un andante espressivo que evoca una tranquila noche interrumpida acaso por el canto de las aves nocturnas o el devenir de las marejadas que terminan cediendo el paso al canto del hombre, dedicado a sus dioses, y simbolizado por el peculiar sonido de los caracoles.
Una serie de danzas rituales, violentas e infernales (¿recuerdo imaginario de Hunapú e Ixbalanque en su travesía por el inframundo de Xibalbá?) se suceden una a otra para, por fín, abrir de nuevo el paso al tema principal e ígneo del primer movimiento. ¿Forma paramétrica a la Janacek o de arco a la Bartók? Probablemente en tanto que es una suite rescatada y reconstruida a partir de música para el cine y por un músico (Jean Ives Limanotour) de vanguardia que deriva en un impresionante collage de formas y colores que en nada demerita el genio de su autor.
Itinerarios, Caminos y Planos son obras complejas, extrañas, y que más de uno suponen influenciadas por Janácek y/o Stravinsky. En Planos se utilizan dos pianos y gongs que recuerdan la sonoridad de Las bodas. Pero ni son las mismas notas ni son los mismos intervalos. La semejanza está en los ritmos en tanto que evocan un retorno a lo arcaico: a la Rusia pagana en Stravinsky; a la América precolombina, telúrica y salvaje, en Revueltas.
Itinerarios y Caminos parecieran tener reminicencias de Janácek, pero lo que se olvida es que este último basó, tal vez por suponerlos autóctonos bohemios, una buena parte de su producción musical madura en ritmos americanos llevados a Chequia por Dvorák luego de su peregrinar por tierras del nuevo mundo. La gama de colores podrá semejarse, con la diferencia que en Revueltas no hay acorde que no le sea propio o ajeno a su Mesoamérica. Incluso en la utilización de los metales, que en nada es distinta a esa bella sonoridad grotesca, desafinada y nostálgica de las bandas municipales mexicanas.

Densas y desconcertantes
Dos obras desconcertantes son la Danza geométrica y Cuauhnahuac. En ellas no existe referencia popular o nacionalista directa, y sin embargo suenan perfectamente mexicanas. Tienen la densidad que podemos encontrar en Amériques o Ecuatorial de Varèse, pero el proceso de síntesis nuevamente es distinto. Mientras Varèse voltea a una América animal y vegetal desde una perspectiva vanguardista y experimental, Revueltas lo hace desde una manera natural, progresiva y sin perder de vista sus raíces simbolizando una América donde además existe el hombre –industrializado en la Danza, primitivo en Cuauhnahuac– pero siempre en equilibrio con la naturaleza. No son muy lejanas en el tiempo a Sensemayá o a La noche..., pero conceptual y arquitectonicamente hablamos de un mundo prototípico y distinto que parte de lo autóctono para sumergirse religiosamente en la tierra que le vió nacer y morir.
Pero en la producción del músico nativo del pueblo de Santiago Papasquiaro tambien podemos encontrar obras aparentemente despreocupadas y decididamente experimentales. Unas de caracter irónico y burlesco, otras de apariencia deliciosamente infantil. Es el caso de Alcancías, El renacuajo paseador, 8 x radio, Toccata (sin fuga) y las Canciones para niños.
Se trata de miniaturas en donde el buen humor se hace presente, no obstante su carácter atrevido e innovador. Alcancías es en realidad una suite de tres danzas donde no hay otra cosa más que ritmo. El primer movimiento se desarrolla en un continuo scherzo que remite a nada. El segundo movimiento pareciera un «tango borracho» que da paso a un tercero donde aparece una danza irónica y grotesca adornada por los metales y marcada por las percusiones.
El renacuajo paseador es una especie de danza elemental que demuestra el gusto del compositor por los instrumentos de viento y el sonido «desafinado» del violín en tanto que en sus pequeñas intervenciones se le maneja a la usansa de la zona huasteca.

Vanguardia mexicana
8 x radio le fue encargada para abrir una serie de transmisiones que Radio Educación de México lanzaría al aire. De nuevo, es de hacer notar el peculiar sonido del violín y las cadencias rítmicas asignadas a los metales. Paradójicamente, para oídos mexicanos es una obra ligera y graciosa; mientras que para escuchas ajenos pudiera parecer extremadamente compleja e inmersa en la más pura vanguardia. En gran parte lo mismo aplica para la Toccata, llena de inventiva y sarcasmo.
Las Cinco canciones de niños y dos profanas, con textos de García Lorca, están confiadas a una soprano y diversas secciones orquestales. Se trata de pequeños cuentos musicales que rectifican la admiración por el universal poeta y en donde el auténtico interés radica en el tratamiento también «desafinadamente nacionalista» que Revueltas hace de la voz femenina y la obligada reminiscencia a simbólicos y arquetípicos acordes de corte español.
Aplaudidas o no, conocidas o no, lo cierto es que las obras de Silvestre Revueltas nos hablan de un microcosmos musical peculiar, personal y sumergido en las profundidades de las sonoridades mexicanas en tanto pueblo americano.
Pudiera pensarse que son ajenas a idiosincrasias en apariencia distantes como la brasileña, la argentina, la colombiana, etc. Pero esto no es así: baste recordar que existió un pasado que hermanó a los pueblos precolombinos más allá de sus particularidades. En él, existió la adoración al sol, a la luna y a esa serpiente tan cara a los hebreos. Se edificaron pirámides cuyo sentido se nos escapa y, ante todo, existía una comunión entre hombre y naturaleza que ya hemos olvidado.
El color natural de las Américas es moreno, lo mismo entre tribus chibchas que incas, amazónicas, seminoles, mayas o aztecas; por lo que no es de sorprenderse que un literato de las talla de José Vasconcelos haya descrito a los pueblos de tan sigular continente como la «raza de bronce, que no es otra que la raza cósmica». La música de Revueltas así lo atestigua en tanto parte de lo autóctono, viaja por lo primitivo del hombre y termina fusionándose con lo elemental universal.

Reminiscencias bartokianas
Una última observación: soy de procedencia magyar y en los ritmos de Revueltas encuentro al Bartók americano. No se trata de suponer irresponsablemente que el primero asimiló al segundo ni nada por el estilo. Se trata simplemente de señalar que en la historia de la musica llegó un momento en que el retorno a lo primigenio era inminente. Cada compositor utilizó los elementos que tuvo a su alcance; pero invariablemente y por diversos caminos, llegaron a un mismo punto: la música descarnada hecha ritmo y danza desenfrenada en la que, ante todo, se evocaba a Tepeu, Gucumatz y la Abuela del Día, la Abuela de Alba del Popol Vuh, como contraposición a esa inmovilidad que representaba el Thanatos griego.
Sirvan pues estas breves palabras para rendir sincero homenaje a un país y a un continente de los que quedan muchas cosas por descubrir y en los que, en su gente, radica tal vez el futuro del mundo. Ante una Europa vieja y cansada, un Medio Oriente convulsionado por guerras «sagradas» tendenciosamente raciales y una África en buena parte indomable y en constante ebullición, surge la verdadera América. Esa América que verdaderamente vale la pena y que va desde el río Bravo hasta la Patagonia, siguiendo la ruta de lo vital: lo ígneo de la lava volcánica y lo cristalino del agua de los ríos. Una América en donde el hombre no es mero accidente de la naturaleza, sino más bien su realización.

Edición de lujo
A continuación ofrecemos a su amable escucha la Edición Centenario que abarca buena parte de las obras de Silvestre Revueltas en dos CD originalmente masterizados por RCA. Sensemayá, Redes, Itinerarios, Caminos, Homenaje, Danza geométrica, Janitzio y Cuauhnahuac serán interpretadas por la Orquesta New Philharmonia (legado de otro americanista: Otto Klemperer) y la dirección, hoy por hoy inigualable e insuperable, de Eduardo Mata. Sensemayá aparecerá de nuevo interpretada por Leopold Stokowski y lo interesante resultará que mientras que Mata utiliza su idiosincracia mesoamericana para interpretarla, el primero le da un tratamiento muy «a la Stravinsky», consiguiendo resultados diametralmente opuestos. ¿Cuál versión es la mejor? El escucha tendrá la última palabra... pero me quedo con Mata.
Alcancías, El renacuajo paseador, 8xradio, Toccata (sin fuga) y Planos son interpretadas impecablemente por David Atherton y la London Sinfonietta. Por último, La noche de los mayas y Las cinco canciones para niños y dos profanas estaran a cargo de una académica Orquesta Sinfónica de Xalapa a cargo de Luis Herrera de la Fuente. Esperando sea del agrado de todos, les deseamos una feliz escucha.

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Wagner - El anillo del nibelungo (1/5)

>> martes, 20 de julio de 2010




Para Mari Carmen, con mucho cariño



Festival de Bayreuth


Todos los años, desde 1876, al llegar estas fechas los melómanos wagnerianos, cuyo número crece de año en año, volvemos nuestra mirada hacia «La sagrada colina verde», para festejar el recuerdo de Richard Wagner en el Festival de Bayreuth.
Durante los últimos días del mes de julio y casi todos los del mes de agosto el peregrinaje es multitudinario. Cada vez más emisoras de radio de todo el mundo conectan con la Emisora de la Radiodifusión de Baviera para retransmitir radiofónicamente, y en directo, lo más granado del Festival.
Éste fue concebido por el propio compositor para mostrar sus obras en general, y El anillo del nibelungo, en particular. Financiado en sus comienzos por Luis II de Baviera, las obras de construcción del teatro, diseñado por Gottfried Semper, comenzaron en enero de 1874, fue inaugurado dos años después, en 1876, y desde el principio se convirtió en un gran acontecimiento sociocultural.
Por allí pasaron las grandes personalidades políticas, intelectuales, y, sobre todo, los más grandes compositores del momento, Bruckner, Grieg, Tchaikovski, Saint-Saëns, Liszt... Artísticamente fue un éxito rotundo pero económicamente fracasó. Desde sus primeros tiempos estuvo asistido por los directores de orquesta más afamados, Hans Richter, Hermann Levi, Felix Mottl, Karl Elmendorff, Hermann Abendroth...



Después de la nefanda Segunda Guerra Mundial el Festival renació en lo que dio en llamarse el «Nuevo Bayreuth», un movimiento artístico revolucionario en diversos aspectos. La dirección artística y escénica corrió a cargo de Wieland Wagner y el director gerente fue Wolfgang Wagner, ambos nietos del compositor.



Los diseños minimalistas y transparentes, en sustitución de los románticos, y pesados y naturalistas, marcaron tendencia para todos los teatros de ópera del mundo, a pesar de las primeras críticas. Abandonando los rancios elementos históricos y germánicos, las obras de Wagner se universalizaron.
Y, sobre todo, aquel período fue también el más áureo en los aspectos musicales, la dirección musical que abanderaba Knappertsbusch, se reforzó con otros grandes directores como Cluytens, Jochum, Keilberth, Krauss, Sawallisch, Kempe, Herbert von Karajan, Karl Böhm,... Y, por supuesto, cantantes de gargantas doradas, entre las sopranos, Brouwenstijn, Crespin, Grümmer, Mödl, Nilsson, Rysanek, Silja, Varnay…, entre las contraltos, Madeira, Malaniuk, Milinkovic, Schärtel…, entre los tenores, Konya, Stolze, Traxel, Vinay, Windgassen…, entre los barítonos Adam, Fischer-Dieskau, Hotter, London, Neidlinger, Schmitt-Walter, Uhde, Waechter…, y entre los bajos, Greindl, Mill, Weber… Y ni podemos ni queremos olvidarnos del gran director de coros que fue Wilhelm Pitz.
En 1973, y después de una grave crisis familia de los Wagner, se creó la Fundación Richard Wagner, que compartía las responsabilidades entre la familia y el estado alemán. El Festival se orientó hacia el «Werkstatt Bayreuth» («El taller de Bayreuth»), un laboratorio de ópera, donde Patrice Chéreau triunfó en escena con Pierre Boulez en el podio. Actualmente el abanderado musical, y con resultados bastante buenos, es Christian Thielemann.

El anillo del nibelungo: La génesis de una obra superlativa


Richard Wagner, en su búsqueda del arte total, en el que la músicas se sometía a la trama y en contra de la estructura tradicional de la ópera como una serie de arias separadas que obligan al texto a someterse, inicia en 1848 la confección del libreto de La muerte de Sigfrido, un festival escénico basado en el poema germano del siglo XII El cantar de los nibelungos. Dicho poema, redescubierto en 1755, había sido impulsado por los románticos pan-germánicos como la epopeya nacional alemana.



Wagner sintió la necesidad de ampliar la información necesaria para una mejor comprensión de su obra, por lo que decide escribir el libreto de una ópera previa: El joven Sigfrido. Y una vez acabada ésta, toma la decisión de expandir el ciclo a cuatro óperas, para, a semejanza de los dramas griegos antiguos, ser representados en cuatro noches consecutivas. Esto tenía lugar en 1851, para febrero de 1853 el texto de las cuatro obras (la citada más El oro del Rin, La valquiria y El ocaso de los dioses) ya fue publicado a efectos de confeccionar las partituras musicales, que comienza en noviembre de dicho año.
La composición musical se realizó, al contrario que los libretos, en el orden que debían representarse las óperas y se alargó durante 23 años, siendo significativo el lapso de 12 años entre el segundo y tercer acto de Sigfrido (nombre final para El joven Sigfrido), tiempo en el que Wagner compuso Tristán e Isolda y Los maestros cantores de Núremberg. En 1876, el ciclo completo de El anillo del nibelungo fue estrenado en su formato definitivo y con los nombres finales de las óperas, es decir: un prólogo (El oro del Rin) y tres jornadas (La Valquiria; Sigfrido y El ocaso de los dioses).

La venganza de la Naturaleza


Uniendo elementos de de diversos mitos y leyendas del folclor de los pueblos nórdicos creó Wagner la historia relatada en el Anillo. Juntando los Edda de la antigua mitología escandinava, las sagas germánicas, la Saga Volsunga y la Saga de Thidreks, con tramas de conocidos cuentos como El gato con botas, Juan sin miedo o La bella durmiente, construyó una trama coherente en que se refleja la relación entre dioses, héroes y otros varios personajes mitológicos, los cuales luchan durante tres generaciones alrededor de la posesión de un anillo, forjado por el nibelungo con el oro del Rin, el cual otorga el poder absoluto sobre el mundo entero a cambio de la renuncia al amor.



El ciclo comienza presentando un estado natural de las cosas: el tema de la Naturaleza que va tornándose en el tema del Rin, símil de la vida, que fluye eternamente y es también eterno escenario donde se desarrollan los hechos. Este «estado natural», que es el sueño de Erda (La Tierra), abarca un mundo organizado en tres niveles. En lo profundo moran los nibelungos, los enanos deformes carentes de sentimientos, cuya ocupación es realizar trabajos artesanos. En la superficie, el inmenso bosque eterno que rodea el Rin y que junto a este son principio y final de todas las cosas. Es en esta «tierra media» donde conviven los diferentes seres de la narración: héroes, tribus de estirpes arcaicas (welsungos, gibichungos, etc.) con nornas y gigantes. Finalmente, en el estrato superior, en la inalcanzable cima de las montañas, viven los dioses, los señores del mundo. Un panteón de representantes de las diferentes virtudes y potestades, liderados por Wotan, el cual posee el valor, la voluntad y la autoridad.
La armonía del estado natural se basa en el poder del pacto, grabado con caracteres rúnicos en la lanza de Wotan, lanza lograda mediante un acto de fuerza y una renuncia con la Naturaleza. Para fabricar la lanza, Wotan arrebató una rama al «fresno del mundo», donde las nornas tejen los hilos del destino, y hubo de renunciar al ojo izquierdo (que perdió al arrancar la rama), perdiendo a la vez la perfección física que caracteriza a los dioses.
Alberich, el rey de los nibelungos, siempre descontento con la naturaleza de su ser y envidioso de los placeres y la belleza que no puede sentir, asciende desde su mundo de la oscuridad hasta las profundidades del Rin. Allí encuentra el oro y, aunque es advertido por las hijas del Rin, lo roba para fabricar el anillo que le permitirá imponer el estado de terror que le convertirá en dueño de todo cuanto quisiera. Con este acto, el robo del oro, da inicio de la historia referida en El anillo del nibelungo, los diferentes relatos confluyen al final del ciclo en el caos, en el estado de completo desorden al que pone fin Brünnhilde, la valquiria convertida ya en mujer mortal y vuelta del estado hipnótico en el que estaba sumida. Mediante una nueva renuncia – al poder, a la propiedad – reúne la fortaleza necesaria, la sagrada fuerza que le permite romper los lazos que atan al mundo y desencadenar los elementos de su exterminación. Así acaba el ciclo, con la llamada «escena de la inmolación», en la pira donde son destruidos los dioses y su impresionante palacio, el Valhala, y donde también la heroína se auto inmola tras devolver el anillo al Rin. Mediante esta catástrofe se consuma la venganza de Erda (La Tierra, La Naturaleza) sobre el envilecido orden que los dioses trajeron al mundo.


La melodía sin fin

Pero la primera apreciación que hace quien busque acercarse a la tetralogía wagneriana es su extensa longitud, una obra que de representarse continuada duraría entre 15 y 17 horas. Aun mas, la división en que se estructura es de grandes dimensiones, óperas que superan las cuatro horas, salvo El oro del Rin, que dura aproximadamente dos horas y media, pero sin ninguna interrupción. Sin embargo, aquel que lo haga –acercarse al ciclo sin prejuicios– quedará atrapado por la incomparable belleza de su música, de forma que para un degustador de la obra del compositor de Leipzig las horas se reducen de forma drástica, en aplicación de la relatividad del tiempo.
Para la composición del Anillo, Wagner decidió adoptar un formato de estructura incluyente, es decir, cada unidad de acción (literalmente, desde el izado del telón hasta su caída) sería una canción única sin interrupciones, una melodía continua. Mediante el uso de los leitmotiv, fragmentos musicales que quedan ligados a un personaje, un objeto, una acción y que incluso retratan conceptos abstractos como emociones o sentimientos, en fin, cualquier tema citado en el libreto o presentado en escena.
No fue Wagner el primero en usar los leitmotiv, pero es en El anillo del nibelungo donde esta técnica alcanza su máxima expresión ya que componen su armazón melódico. Hay un número considerable de leitmotiv repartidos por el Anillo y muchos de ellos aparecen en más de una ópera del ciclo, alguno incluso en todas. A medida que avanza la partitura estos motivos y sus relaciones con otros se van haciendo más complejos, Wagner emplea con los leitmotiv un desarrollo dinámico para convertirlos, tras múltiples transformaciones, en otros, cuyo significado es diferentes e incluso contrapuestos al original. A este respecto recomendamos la audición de la obra de Deryck Cooke, que provee de una muy interesante explicación acerca de este tema.
Finalmente, destacar los temas que caracterizan la música de Wagner, especialmente a partir de la composición de la tetralogía; por un lado, el uso de una gran fuerza orquestal, uno de los motivos que le llevaron a la construcción del Festspielhaus de Bayreuth, levantado especialmente para que la voz de los cantantes no fuera tapada por el sonido de la orquesta, llegando incluso a diseñar instrumentos especiales (la tuba wagneriana, el trombón contrabajo, etc.) para ocupar espacios sonoros entre instrumentos ya existentes.
La otra gran característica es la reducción a mínimos del sistema tonal tradicional, manipulando las tonalidades de tal forma que no puede afirmarse que la música esté escrita bajo una clave musical determinada. Esto último, sumado al uso libre de disonancias, hacen de Wagner un precursor de la ruptura musical llevada a cabo por Arnold Schönberg.
El único interés de los dos amigos que les invitan a este homenaje es el expresarles y comunicarles su afición por esta muestra de arte total que es El anillo del nibelungo, la gran Tetralogía de Wagner.
Y para facilitar el acercamiento a esta magna obra de la cultura musical aquí les dejamos la Introducción a El anillo del nibelungo de Deryck Cooke, apoyada en sus ejemplos musicales en la magna versión que George Solti hiciera entre 1958 y 1965 para Decca. Aportamos dos versiones, las relatadas en inglés por el propio Deryck Cooke, y en español por Luis Ignacio González.

En inglés:
En español:


Recomendamos muy encarecidamente consultar el folleto de la versión en inglés, mucho mejor que el de la versión en español, por venir profusamente ilustrado con las partituras de los motivos musicales aludidos.

Por radio
Radio Clásica, de Radio Nacional de España, retransmitirá, un año más, entre otras óperas de Wagner su Tetralogía íntegra, en directo y desde Bayreuth, entre los días 27 de julio y 1 de agosto próximos (atención a los desfases horarios entre España y los demás países).
En esos mismos días, a partir del martes 27 de julio, volveremos aquí con sendos posts sobre el prólogo (El oro del Rin), y las tres jornadas (La valquiria; Sigfrido; y El ocaso de los dioses), que constituyen la Tetralogía, y lo haremos apoyándonos en la versión que la mayor parte de los especialistas consideran hasta ahora como la mejor, en la dirección Hans Knappertsbusch y las voces de Hans Hotter, Wolfgang Windgassen, Josef Greindl, Gré Brouwenstijn, Astrid Varnay…, con la Orquesta y Coros (dirección de Wilhelm Pitz) del Festival de Bayreuth, en la temporada de 1956.
Aquí les esperamos.
¡Salud, paz, sonrisas, cordiales saludos y a disfrutar!

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Shostakovich - Sinfonía Nº 7 «Leningrado» - Rozhdestvensky

>> domingo, 18 de julio de 2010


Otra perla de Shostakovich engarzada por Rozhdestvensky

Este blog ha analizado antes esta obra, una de las perlas del ciclo sinfónico de Dmitri Shostakovich. Pero si en aquella ocasión tuvimos oportunidad de disfrutar de la versión de Bernard Haitink (así como luego de la de Valery Gergiev), aquí hay otra grabación de esta obra gigantesca, en manos de un director cuyas lecturas deben anotarse entre las más interesantes. Estamos hablando de Gennady Rozhdestvensky, aquí al frente de la Sinfónica del Ministerio de Cultura de la Unión Soviética. Ya tuvimos una muestra con la Sinfonía Nº6, y en este caso Rozhdestvensky confirma su calidad con la Sinfonía Nº7 «Leningrado», en un registro de 1984 publicado originalmente por el prestigioso sello ruso Melodiya.

Gracias, Lopintan


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Mozart: Sinfonía Nº 25 - I Mov. - Böhm

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